Cerezas

Cuando se indaga en cualquiera de las historias concretas de la guerra civil, inevitablemente se llega a otros datos, personas y personajes, íntimamente relacionados en un tiempo tan intenso y circular como el de la guerra civil española. Pocas narraciones en primera persona sobre la guerra civil en Málaga tenemos de españoles, pero sí de extranjeros. Y no resulta paradójico que gran parte de los relatos sobre la guerra civil en Málaga escritos por estos, lleven la palabra muerte en su título: a la ciudad alegre y paradisíaca la muerte le era ajena salvo en aquel tiempo de horror.”Deaths´s other kingdom”, de Gamel Woolsey, “Muerte en Malaga”, de E. Norton, (el prólogo de J. M. Cabra de Luna es hoy de lectura imprescindible), “Diálogo con la muerte” de Arthur Koestler, etc.. Precisamente ahora se cumple el centenario del nacimiento de éste último (5-09-1905), cuya relación con la ciudad, si bien de apenas días, fue lo suficientemente intensa como para dejarle una huella indeleble durante toda su vida.

Koestler viene a España tres veces durante la guerra civil, como agente del Komintern, bajo la identidad de corresponsal del diario liberal inglés New Chronicle, y dentro de la órbita de Willy Münzenberg. La primera vez logra entrevistar a Queipo en Sevilla gracias a la recomendación de Nicolás Franco con quien contacta en Portugal, e introducido por Luis Bolín, del Servicio de Prensa de los “nacionales”; al ser reconocido por pilotos alemanes como señalado periodista rojo, huye precipitadamente a través de Gibraltar. ¿Sería uno de estos pilotos el Barón von Schlippenbach, esposo de Marjorie Grice-Hutchinson? La segunda por encargo de Julio Alvarez del Vayo para trasladar documentos requisados desde Madrid a Valencia. Y por último viene a Malaga para demostrar, como miembro del Comité de No Intervención, la directa participación de alemanes e italianos en la guerra y por encargo de la Oficina de Prensa de la República, Agencia España, según propia confesión (La flecha azul y La escritura invisible).  Llega el 28 de enero del 37, ya iniciada la definitiva ofensiva de Málaga y contacta con Sir Peter Chalmers-Mitchell, reputado biólogo, el famoso “sopitas”,  por carta de presentación de Phillip Jordan, refugiándose en su casa de Villa Santa Lucía, en el Camino Nuevo, desde el 6 de febrero hasta que son detenidos el 9 a las once de la mañana por, entre otros, el propio Luis Bolín. No me detendré en los pormenores de la detención, la imputación de espionaje, y demás avatares que tanto Koestler como Sir Peter cuentan en primera persona y solventes historiadores locales recogen en sus textos.

Sin embargo, resulta sorprendente que Sir Peter Chalmers-Mitchell, a la sazón de  72 años, permaneciera en Málaga en esos terribles momentos. Era conocida su simpatía por la causa republicana y popular, lo que no le impedía refugiar en su casa a la familia de Tomás Bolín, sus vecinos de la espléndida villa, en la actualidad sede del Colegio de Arquitectos; pero en Noviembre del 36 había regresado a Inglaterra para corregir sus memorias “My fill of days” publicadas por Faber & Faber en enero de 1937, donde incluye un capítulo “Málaga in civil war”, que luego y ampliado se publicaría bajo el título de “My house in Málaga”., donde relata pormenorizadamente su detención  junto con Koestler. ¿Por qué regresa a Málaga en enero del 37, ya inminente la ofensiva?. A los Norton también les extrañó su regreso. Y supongo que al cónsul de Méjico, D. Porfirio Smerdou, y sus refugiados en la cercana “Villa Maya”, y sobre todo a su mujer, Concha Altolaguirre Bolín, conocedora con seguridad de la presencia de sus parientes en la cercana “Villa Santa Lucía” Y aunque el día 6 tomaron juntos el té en casa de los Norton, “Los Pinos”, nada les dijo de su contacto con A. Koestler ni de la presencia de éste en su casa., sino el día 10, cuando les dice que cuando fue detenido tenía invitado a  “un periodista húngaro freelance” No es en absoluto descartable que Sir Peter albergara un propósito directamente político coincidente con la misión de A. Kostler: ser testigos directos de la presencia de tropas italianas en la conquista de Málaga y de la subsiguiente represión de los “rebeldes”, para su posterior denuncia internacional. Sir Peter pertenecía a esa inteligencia británica que apoyaba a la República, como la Duquesa de Atholl, miembro del Aid Spain Movement e incluso perteneció posteriormente al Joint Committee for Soviet Aid. Pero no era miembro del grupo de los apóstoles y directamente espías soviéticos de Cambrigde: el era Honorary Student of Christ Church de Oxford. Su postura podría responder al romanticismo de sus propias convicciones políticas que mantendría hasta su muerte y que le llevó a romper con el propio A. Kostler a quien le reprochó haberse vendido por unas monedas de plata tras el terminante cambio de bandera de éste. Koestler, como se sabe, rompió con el comunismo y dedicó muchos de sus libros a denunciar los juicios de Moscú y la represión staliniana. Y en esa ruptura tuvieron mucho que ver su detención en Málaga y la posterior estancia en las cárceles malagueñas y sevillanas.

Pero como un racimo de cerezas que inevitablemente se entrelazan unas y otras, las historias del tiempo de la guerra civil se cruzan y  nos revelan datos sorprendentes. Para seguir con Koestler y Málaga, sabemos que es liberado de la cárcel mediante el canje de prisioneros promovido por el Dr. Junod, de la Cruz Roja Internacional: la mujer del Capitán Carlos Haya, una de las hijas del Dr. Gálvez , que se encontraba en el Hotel Inglés de Valencia, por A. Koestler, tras petición del propio Giral.

Por otra parte, Agustín de Foxá, “Madrid, de corte a checa”, recoge  en un capítulo las acciones de la brigada de García-Atadell, increíble personaje que con el producto de sus robos y so pretexto de una operación de espionaje, marchó a Marsella para vender las joyas y demás bienes requisados, y tomó un barco para Argentina. Buñuel, según cuenta en sus memorias “Mi último suspiro”, lo denunció al embajador de la República en París, Luis Araquistain, el cual a través de otros diplomáticos, informó a los “nacionales”, que procedieron a detener a García-Atadell y su lugarteniente en una escala del barco en Canarias y desde allí, trasladado a la cárcel de Sevilla, donde sería ejecutado a garrote vil. Lo sorprendente es que García-Atadell era “el tísico” que junto con su compinche “Byron” acompañaban a Koestler en sus paseos cotidianos en la cárcel de Sevilla de 1 a 3 de la tarde.

Seguir indagando en cada una de las historias nos llevará a otras cada vez más cercanas y seguramente aún dolorosas. Valgan estas notas en conmemoración del centenario de un cosmopolita desarraigado, Arthur Koestler, cuya historia quedó unida para siempre a Málaga, dejando al lector seguir tirando de sus propios racimos de cerezas o dejarlos reposar para siempre en el olvido.

 

 

Jesús Pérez-Lanzac Muela

    (SUR, 17 de septiembre de 2005)